El Bus

Cuando el bus se llenó de pasajeros un leve calor se precipitó en mi frente. La frondosa cabellera de mi acompañante acrecentaba aún más mi ansia de sentir una leve brisa entrando por la ventana.

-¿Tienes calor?- preguntó ella de improviso.

-Un poco- contesté quitando mi brazo de su cintura.

La cercanía de su cuerpo me hizo recordar los momentos más íntimos de nuestra relación, cerré los ojos y lentamente caí preso de una leve introversión. Regresábamos luego de una corta –pero agradable- estadía en aquel lugar que nos atraía por su cada vez más perdida guerra contra la urbanización.

Para mi sorpresa la máquina comenzó a desocuparse mucho antes de llegar a nuestro destino, al parecer la mayoría de los pasajeros utilizaba el bus para recorrer pequeñas distancias cercanas al pequeño pueblo.

Desde el último asiento sólo logré divisar un par de pasajeros sentados en lugares distintos y muy alejados de nuestra posición, la cabina del conductor y su ayudante se divisó nítida una vez que sorpresivamente se apagaron las luces. Tan sólo se distinguían las luminarias del camino y una que otra estrella caprichosa adornando la nublada noche como una cereza en medio de un gigantesco pastel.

Yo sabía que mi madre me esperaría en casa con una suerte de celebración familiar, a la que por supuesto estaba condicionado a fuerza de costumbre y una implícita cuota de obligatoriedad, por este motivo nuestra partida tuvo que adelantarse un par de horas.

Ella estaba vestida de acuerdo a mi expresa petición, dada a conocer el día anterior durante una de nuestras charlas telefónicas. “Ponte esa falda que me gusta”, recuerdo haberle comunicado. Dicha prenda se le apegaba al cuerpo y –a mi juicio- acentuaba su figura de manera encantadora, dejando sutilmente de manifiesto la fortaleza de sus piernas.

Comencé a besarla, tocando suavemente sus sinuosos senos, deteniéndome en sus pezones. Al poco tiempo sentí su respiración sumamente agitada y cercana a mi oído derecho. Con el pasar de los cada vez más vehementes abrazos y besos su boca ya no parecía emitir una respiración alterada, sino unos leves y desconcertantes gemidos.

Antes habíamos experimentado con nuestras sensibilidades en todo tipo de parques, plazas, y una que otro encuentro sobre su cama, pero ahora me parecía insólita la desenfrenada actitud de mi compañera, me gustaba. Luego la vi ponerse de rodillas frente a mi, y tras bajar el cierre de mi pantalón puso sus brazos sobre mis piernas entreabiertas y se introdujo toda la cabeza de mi pene excitado en su boca. Al comienzo la sentí acariciarme lentamente con su lengua, pero más tarde mi miembro se perdía en su boca en un entrar y salir que me enloquecía, mientras una de mis manos acariciaba sus largos y ondulados cabellos.

De pronto dejó aquella acción y echó un nervioso vistazo al interior del bus, una vez hecho esto se incorporó nuevamente a nuestra improvisada pasión literalmente sentándose sobre mí, reconozco que aquello no me habría asombrado si no fuera porque estábamos en un automóvil colectivo en pleno movimiento.

Comenzó a moverse lentamente sobre mi pene al descubierto, sus movimientos eran tan sensuales que temí acabar antes de tiempo. Noté con sorpresa que no llevaba calzones, y antes que le dijera algún tipo de comentario al respecto me dijo un suave “…me los quité antes de subir, ahora quiero que me lo metas, dale, hoy es tu día…”. Subí su falda hasta dejar al descubierto toda su cintura y comenzamos a hacer encajar lentamente nuestros cuerpos. Cuando la penetré lanzó un alarido que me pareció lo habría escuchado hasta el conductor. No me importaba, no nos interesaba nada.más que darnos placer.

Me detuve un momento y empecé a desabotonar su camisa, no llevaba sostén y me imaginé que al igual que su prenda más íntima se la había quitado antes en un dadivoso gesto por complacerme. Estaba casi desnuda, y era toda mía. “No es lo que siempre quisiste, dale tócame, entra”, me dijo al oído con una voz cálidamente alterada, al mismo tiempo que acercaba sus pezones a mi boca y presionaba sus caderas sobre sobre mi pelvis, permitiendo una penetración que ambos habíamos anhelado por mucho tiempo.

A los pocos minutos mi organismo ya estaba totalmente revolucionado, los movimientos de ella sumados a la velocidad experimentada por el bus daban como resultado un vaivén sumamente desconcertante. Cada cierto tiempo yo levantaba la cabeza y miraba hacia la cabina, donde sólo se distinguían las luces del panel de control y las manos del conductor sobre el manubrio.

Su convulsionada cintura cada vez parecía ir más rápido, ciertos gemidos que ella no podía reprimir se escapaban entre los asientos vacíos de la parte posterior de la máquina. Creí perder el control de su cuerpo, me parecía que desde sus piernas emanaba una humedad similar al apasionado contacto de nuestras bocas. Yo me daba el tiempo para mirar al exterior, donde ya se advertían rasgos de urbanización, no me di cuenta cuando ella se detuvo, pues lo hicimos al mismo tiempo.

-Feliz cumpleaños- dijo en el preciso instante en que descubrimos el éxtasis.

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s